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Encuentro cada día más corto para todas las cosas que quiero y tengo que hacer. Me sobran siempre cosas por terminar, por meditar, por leer, por rezar, por palomear, por responder, por pensar…. Llega la noche y aún habiendo corrido todo el día, siento que la lista de pendientes solo crece. Entre miles y miles de vueltas, también hay unas pequeñas almas que educar, un esposo que merece lo mejor de mi, unos papas que se preguntan qué porque siempre ando a la carrera, amigas con las que me gustaría quedarme más tiempo, pasatiempos a los que me encantaría dedicarme sin sentir culpa….. Si, siempre tengo prisa. SIEMPRE. Siempre ocupada, siempre atendiendo, siempre organizando, siempre manejando. Eternamente manejando. Nunca hay pausa, nunca hay tiempo.

Jamás imaginé esta carrera que no tiene meta. Correr y correr con la falsa idea de que palomenado lo que se tiene que palomear en el día, cumpliendo con todas mis obligaciones y con todos los compromisos se llega a un final feliz. Corro y corro y al final del día, no llegué a ningún lado. Solo exhausta y sin darle valor a lo que realmente lo tiene.

La vida es para vivirla. Los días no son meros trámites que hay que sobrevivir para pasar al siguiente. Hay que poner pausa. Hay que parar y agradecer lo que se tiene. Hay que saber disfrutar cada momento. Y aveces hasta hay que dejar que el mundo se caiga si no cumplimos. Hay que saber valorar los momentos con los hijos en vez de andarlos carrereando siempre ya que no van a ser nuestros eternamente. La recompensa de esos minutos de serenidad es mil veces más grande y valiosa que el hijo que siempre llega puntual a su clase, la comida siempre caliente a la hora indicada, la cita del dentista, el torneo, la competencia, el partido, el compromiso. Al final del día los hijos merecen una mamá tranquila y amorosa. ¿De que le sirve al niño al caer la noche haber ganado la medalla de oro (gracias a nuestra diligente tarea de llevarlos y traerlos puntualmente a su clase cada día) si lo único que obtienen es a la bruja que lo que más quiere es que todos se duerman rapidito para poder acabar el día y así empezar el siguiente en esa carrera interminable? ¿Valdrá más esa medalla de oro que la mamá con paz y serenidad para educar con paciencia y como Dios manda?

Propongo firmemente bajar la velocidad. Voltear al cielo más seguido. Valorar lo que no se ve con los ojos. Tener más presente a Dios, que nos prestó a los hijos. Dejar que la vida siga y que no nos arrepintamos nunca de no haber hecho un alto y poner en perspectiva lo que es verdaderamente importante. Como dijo Michael Landon: “There are only so many tomorrows”.

-Tania Armenta