Tener una opinión propia es valiosísimo. Pero no significa nada si nuestra opinión sale por la ventana cada vez que nos sugieren participar en algo y decimos “sí” cuando en realidad queríamos decir “no”.
Se vale. Se vale decir que no a ciertas cosas.
Decir “no” es darle valor a lo que pensamos y no a lo que piensen los demás. Defender lo que valoramos es representarnos como mujeres (o hombres) que sabemos lo que queremos sin tener que decir que sí a alguien sólo por quedar bien o por pena. Honremos nuestro criterio dignamente y por supuesto, cuando declinemos algo, hagámoslo amablemente.
Renunciar a cosas no significa que no nos importe lo que pase, o que nos queramos deshacer de nuestras obligaciones, o que nos hagamos menos empáticos. La idea es quitarnos carga de la espalda, de esa que no necesitamos, de esa que no es trascendente y que aveces nos consume más tiempo del que quisiéramos.
En esta época en donde imperan la falta de tiempo y el ajetreo, el gran protagonista es el estrés. Es el mal más dañino y común que nos toca padecer. Lo peor es que no solo nos duele el cuello por toda la tensión, el problema es cuando nos empieza a doler el alma por tanta ausencia nuestra a las cosas clave y sustanciosas.
Cada vez que dices un “sí” que no es auténtico, estás sacrificando algo que podría ir más allá en esta corta vida. ¡La vida es UNA! Solemos dejar las cosas fundamentales hasta el final del día (o aveces hasta el final de nuestra existencia): la reflexión, la oración, la gratitud, la tranquilidad, tiempo con los nuestros, etc.
Necesitamos ser más selectivos, poner prioridades y saber que es lo importante y en que merece la pena invertir nuestro tiempo que es tan poco y tan valioso. No se requiere estar presente en todos y cada uno de los eventos sociales, en cada actividad que te plantean, en cada curso o clase nueva, en cada chat, ni tampoco en cada foto. Querer ser el ajonjolí de todos los moles termina por agotarnos física y mentalmente.
Van a pasar los años y vamos a caer en cuenta de que tantas de esas cosas y propuestas a las que dijimos que sí, no tuvieron gran impacto en nuestras vidas. Por lo menos ninguno duradero.
Ya maduramos y ya nos percatamos de que tenemos una identidad propia. Sabemos lo que somos, sabemos lo que queremos, sabemos a dónde vamos y nos aceptamos con todo y nuestras faltas. Damos con el clavo y encontramos que esto es realmente liberador. La prioridad se empieza a enfocar en saber repartir nuestros “sí” sabiamente.
Hay una frase del Dalai Lama que me encanta. La primera vez que la escuché me hizo reflexionar profundamente sobre las cosas a las que les quito relevancia por dedicarme a hacer otras que no la tienen.
“Juzga tu éxito según lo que has sacrificado por conseguirlo.”
-T.Armenta