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¿Qué pasa con esta gente aficionada hasta perder la cabeza? ¿Será el hombre en su instinto más elemental el querer ganar a como dé lugar? ¿Será un México con ganas de distraerse y de buenas noticias? ¿Será simplemtente emoción colectiva que se van contagiando unos a otros? ¿Será enfermedad? ¿Sería Hernández Jr? ¿Será que la gente se alimenta de rivalidad? ¿Será que es fácil de entender? ¿Serán las masas? ¿¿¿¿QUE SERÁ????

Yo solo puedo hablar de mi propia experiencia con los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Fueron mi más acérrimo rival. Vivir en casa con un verdadero aficionado era todo un enigma para mí. Fiel, devoto y entusiasta de su equipo en las buenas, como ahorita, y también en todas las malas que han pasado… chaquetero jamás. Incondicional asistente al estadio del Volcán desde los 5 años. Cada 15 días ahí está sentado en su lugar de siempre; llueva, truene o relampaguée con el corazón acelerado y comiéndose las uñas.

Bendita yo que el día de mi boda y de mis partos no hubo partido de los Tigres. Eso decía yo entre broma y broma. De esas en las que no quería saber si la verdad se asoma. El señor es un comprometido con su familia, de eso no hay duda. Pero la pasión es la pasión…. el futbol es el futbol…. y los Tigres son los Tigres.

El otro lado de la moneda era yo. El futbol es un simple juego para las masas. Que necesidad de dedicarle tanto tiempo y olvidarse de cosas más importantes. Estar en contra de su equipo se convirtió en mi deporte favorito…. y no es que lo diga yo, pero era buenísima.

En los días de partidos importantes, la familia completa salíamos a comer vestidos de Tigres, muy a mi pesar. A la pasarela salía en primer lugar el señor orgulloso portador de la camisa. Cabeza en alto, sonrisa ganadora y con aquella soltura de quien merece ser visto con tal indumentaria. Atrás de él sus 3 pollitas también orgullosas de vestirse igual que su papá, campeón de campeones y héroe de todas las historias. Y al final la mamá, vestida de rojo o rosa o verde a manera de protesta.

En algunas ocasiones asistí al estadio con el señor sin mucho éxito. Otras veces fuí como invitada a un palco muy lindo en el que hacía todo menos ver el partido. Si metíamos gol entonces había que pararse y aplaudir. Si nos metían gol, entonces había que lamentarse. Como changuito entrenado, aprendí a dominar el comportamiento del aficionado por cumplir con las reglas de decoro y buenos modales. Que me importara un cacahuate, es muy poco decir.

Veinticuatro años más tarde (contando noviazgo y matrimonio) y después de mucho estira y afloja pasó lo inconcebible. El señor deja de ir al estadio. Primero una vez. Luego dos y tres y cuatro veces seguidas. Alerta roja: o el cielo se va a caer, o a este señor le pasa algo.

Lo más extraordinario es que de mi boca salían palabras que juré jamás decir ni en sueños, ni loca, ni muerta, ni nunca: “Por favor vete al estadio. Te vas a divertir”

FACT #1: Una cosa es que me cayeran mal los Tigres porque sentía que me quitaban la atención del señor y otra muy distinta es ver al señor sin sonrisa.

Pasó el tiempo y dejé de insistir. Un buen día me pide que yo lo acompañe al estadio. Tuve que voltear sobre mi hombro para cerciorarme que me estaba hablando a mí y no a alguien más.

FACT #2: Una cosa es que quiera verlo con una sonrisa en la boca y otra es que yo quiera ensuciarme en el estadio.

Al fin accedí. Llegamos a su lugar habitual y saludó a todos a su alrededor con mucho gusto. Finalmente son sus fieles compañeros de estadio con los que ha compartido su pasión por tantos años. Se respiraba adrenalina y emoción en el aire pero yo seguía de brazos cruzados.

No tenía idea contra quien jugaban ni me importaba. Básicamente fui a tratar de descifrar una vez más porqué tanta exaltación. Dada la hora, empiezan a anunciar a cada jugador en la pantalla gigante: nombre, posición y número. Todos posando como estrellas de cine. Luego empiezan a salir uno a uno a la cancha y ahora si que el palenque enloquece por completo. Gritos y aplausos de parte de la gente. Cara larga y respiración profunda de parte mía.

Sin percatarme de ello, meten el primer gol. No tengo palabras para explicar lo qué pasó. Hasta dudé si estábamos en alguna final o por qué tantisísimo “guato” por un gol. Era un simple gol de un simple juego de los muchos que iba a haber en la temporada. En lo que trataba de adoptar mi actitud de aficionada adquirida anteriormente, ya estaba parada la persona de enfrente de mí (un completo desconocido) levantando sus dos manos para chocarlas conmigo. Lo mismo hicieron la persona de al lado y el de atrás también. Todos querían chocarlas de la misma forma. Todos gritaban y se abrazaban con gran júbilo. Big deal, people. Get a grip.

Llega el segundo tiempo y con él, el segundo gol. Si yo creí que el primero fue exageración de regocijo, el segundo fue una explosión total de desasosiego de la gente. Otra vez chocadas de manos, apretones, gritos, sonrisas y cervezas volando. Demencia fue mi diagnóstico. Esta vez voltié a la cancha y veo al jugador que metió el gol corriendo y celebrando con los brazos abiertos mientras la gente lo bañaba de canciones, porras y reverencias. Incluyendo esa a la que le agregan una sílaba de más al nombre: TI-GUE-RES, clap-clap- clap TI-GUE-RES clap-clap-clap….

No me acuerdo ni quien ganó. La siguiente vez que el señor me invita al estadio me da una o dos explicaciones sobre lo que está sucediendo en el partido. Suficientes para que capten mi atención y me interese ver un pedacito de la acción aunque fuera de reojo.

Para el siguiente partido ya sabía identificar a varios jugadores y su papel en la cancha. Justo ahí entiendí porqué Nahuel es Nahuel y Gignac es Gignac, sin desacreditar al resto de los jugadores. Son ídolos de las masas por algo. Ojalá yo y mucha gente fuéramos igual de buenos para desempeñarnos tan excepcionalmente bien en nuestro trabajo. Sea cual fuere.

En mi tercer partido en el estadio logré no perder la concentración y ya hasta tenía una opinión sobre las decisiones del árbitro y también sobre algún burro del equipo contrario que le metiera el pie a algún auriazul.

Pero nada, nada, nada me había preparado para escuchar el: “na na na naaaaaaaa Gignaaaaaaaaac” cantado por 42,000 gentes al mismo tiempo. Con razón eso del Volcán. De verdad tiembla y sientes que el lugar vibra. Se te pone la piel chinita, no hay de otra. Cuánta energía, cuánta felicidad, cuánta emoción de la gente. De pronto me siento parte de las masas. Y cantarle a Gignac mientras celebra el gol me empieza a parecer divertido.

Resulta que todos viven la intensidad del futbol de tal manera que un simple gol es ocasión para llenarse de optimismo y energía de la buena. Esas caras con ojos llenos de pasión del futbol empiezan a hacer un poco de sentido. Cuánta fortuna la suya de tener algo por lo cual perder toda reserva, pose y compostura tratándose de algo tan sencillo y a la vez tan sano como un gol. Me cayó como balde de agua fría el comprender que uno no tiene que necesitar de mucho para estar tan contento y de tan buen ánimo. Esta gente sí entiende que va a tener larga vida llena de salud y gozo por el simple hecho de echar para afuera y transmitir toda esa emoción positiva y dicho sea de paso, regocijase y ser colegas, amigos y cómplices con el de al lado.

Ahí todos son brothers, todos buscan el mismo fin, todos van hacia la misma meta, todos se enorgullecen de lo que son, todos trabajan en equipo y todos celebran sus triunfos juntos. Que chulada. Y uno amargándose la vida levantándole la ceja a cualquiera que no piense igual que nosotros.

La vida es para meterle de esa intensidad de la buena, esa intensidad de estadio… ¡esa intensidad que ojalá no se nos apague jamás! Deschongarse de emoción con cualquiera que sean nuestros planes e ideales nunca me ha parecido más acertado. Que algo tan simple te llene el corazón de gozo no es de masas ni de tontos. Es de sabios.

Ahora me gusta ir al estadio y me divierto. Creo que aún estoy muy lejos de tener la garra de un auténtico aficionado y me queda mucho que aprender pero me pongo mi camisa de Tigres y además me tomo foto con ella. La diferencia ahora es que entiendo lo que está pasando en la cancha, choco las manos con todos a mi alrededor aunque sean desconocidos y celebro goles. Le canto el “na na na” a Gignac y siendo muy sincera, si lo viera en la calle a lo mejor hasta le pediría foto. El francés no tiene un pelo de feo.

Al final del día, lo que quiero decir es que la vida da tantas vueltas que uno puede aprender dos o tres cosas del rival.

Ojalá la vida nos pesque siempre celebrándola…. en un estadio, en un escritorio o en la cima de una montaña…. llenos de pasión por lo que hacemos y lo que nos gusta. Seas lo que seas, vengas de donde vengas o te creas quien te creas.

-Tania Armenta