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Nada de sonrisas ni bienvenidas con los brazos abiertos. Nada de encontrarnos con gente feliz a pesar de las carencias. Nada de estarnos esperando con ilusión. Nada de querer darte lo poco que tienen a manera de agradecimiento. Solo bastó esa única casita con semblantes tristes para dejarnos marcado el corazón.

En nuestra experiencia anterior, sólo vimos una cara de la moneda. Claro que había gente con problemas, gente enferma y gente a la hubo que echarle más ganas. Pero en general vimos gente con deseos y sed de Su palabra. Sólo vimos la situación desde nuestros ojos… ojos de héroes campeones con el paliacate bien puesto y creyéndonos poseedores de la verdad absoluta, listos para rescatar almas.

La otra cara de la moneda fue esta casita. No nos recibieron con sonrisas ni esperanza. Nos recibieron con dolores del cuerpo y del alma. Esta señora, que vivía con sus hijos pequeños, tenía un millón de problemas entrelazados en su triste historia y todas hechas un nudo apretado sin principio ni fin.

Mientras hacíamos la visita, un lado de mi cabeza daba vueltas y vueltas tratando de remediar aunque fuera un poco su situación. Cuanto más avanzaba esta mujer en su historia, más negro se veía el panorama. Tuve que contener mis lágrimas. Habría que irse 100 años atrás para enderezar la vida de esa mujer.

Por mi mente pasaban mil preguntas. No se si ella nos entendía. No sé si tenía la capacidad de asimilar la palabra de Dios como nosotros la conocemos. No sé si podíamos transmitirle en unos cuantos días lo que a nosotros nos ha tomado años comprender.

Sentí que no le hice honor al mismo himno que cantaba tan alto y tan sonriente el año pasado. Mi “Alma Misionera” se preguntaba si en verdad sembramos algo en esta pobre mujer. ¿Cómo le hablamos sobre el amor? Ella no lo ha recibido nunca, no lo ha visto nunca, no lo ha sentido nunca. No lo conoce ni en pedacitos, mucho menos lo iba a entender en la cantidad e inmensidad que allá arriba nos tienen a todos.

En esa misma visita, la otra parte de mi cabeza estaba puesta en mis hijas. Mi instinto de mamá trataba de proteger sus oídos y su vista de cualquier cosa que les cause angustia o dolor.

Yo no sé si haberlas hecho escuchar esos relatos tan extremos haya sido buena idea… y como muchas veces, dudé de mi capacidad de saber discernir lo que debo de hacer para formarlas y prepararlas para la vida.

Pero sí me dí cuenta de una cosa. No siguieron su caminar con indiferencia. No trataron de calmar su consciencia volteando la cara para otro lado.

Ví como el corazón se les hizo pedazos pero también las ví recogerlo y después entregarlo. Entendí que son más fuertes que yo. Ví lo que traían para dar.

Supe que hacerlas misionar nunca va a ser un error. Servir a los demás nunca va ser un error. Traer el corazón puesto en su lugar nunca va a ser un error. Volver su mirada al cielo nunca va a ser un error.

Ver esas situaciones no es fácil, pero nada que valga la pena en la vida lo es. Por más duro que sea, la respuesta siempre va a ser voltear para arriba, sentirse arropada y a darle de lleno y de frente. “Si Dios está conmigo, ¿Quien contra mi?” Una vez más, salimos aleccionados todos: papá, mamá e hijas.

Ir de misiones es y será siempre la mejor parte de nuestras vidas.

-Tania Armenta

Agradecimientos:

A MI OTRA MITAD: Siempre me río de cómo tus hijas creen que traes una capa de héroe puesta eternamente. Esta vez lo probaste con creces. Tus actos me llegaron al corazón. Te amo. Te cerraron mil puertas pero no bajaste la guardia hasta conseguirlo.

Gracias por ayudar a remediar el dolor más urgente de esa mujer.

A CATY: En esta vida no hay coincidencias. Qué gusto volverme a topar contigo en esta misión. Aprendí muchísimo de ti, de tu tenacidad y experiencia. Me encantó que nuestros hijos se conocieran y aprovecharan sus momentos de descanso para reírse a carcajadas, como lo hacíamos nosotras de niñas.

Gracias por tratar de acelerar el trámite de bautizo de los niños de esta señora mientras yo me quedaba parada sin saber si llorar o sonreir o esperar inspiración divina.

A MIS HIJAS: Su fortaleza me hace fuerte a mi.

Gracias por aquí estar al pie del cañón y por ayudar a cuidar a los niños de esta mujer cargados de energía fuera de los límites de esta galaxia mientras atendían a su mamá.

A LOS MISIONEROS DE CADEREYTA: ¡Fue un honor trabajar con ustedes otra vez! ¡Magnífica misión! Llegamos con el corazón lleno. Ya los extraño. Serán siempre mis maestros y ejemplo a seguir.

Gracias por ser nuestra familia una vez más en la semana más importante del año.