img_4031

El frío que hace es insoportable. La incertidumbre y el miedo me hacen titiritear aún más. El cuarto es completamente blanco y solo hay una camilla de hospital, un escritorio desordenado y la silla en la que me dijeron que me sentara. Yo prefiero estar en el pasillo aunque ya me duelen las piernas de tanto estar parada. Al menos ahí puedo ver gente pasar. La puerta está entreabierta. Estoy sola y siento ganas de llorar. Pongo mis manos bajo mis piernas y agacho mi cabeza. Quiero ver a mi mamá. Ya se hizo de noche y nadie le ha avisado en donde estoy. ¿Le habrá pasado algo? ¿Porqué se tarda tanto? Me duele la cabeza. Se vienen a mi mente imagenes confusas de sangre en la cara de mi papá y gente moviendose muy rápido, con urgencia. Su camisa también está manchada. Estoy asustada. A los papás no les sale sangre. Borro esos pensamientos de inmediato de mi cabeza pero siento como si alguien me apachurrara la garganta. Batallo para respirar. No logro acomodar mis ideas y todo es muy confuso. Estoy temblando. Seguro mi mamá me está buscando. No llores, Tania, ya no tarda.

La espera es eterna. La angustia es cada vez más intensa. Escucho el ruido de alguien empujando la puerta. Me paro de inmediato para abrazar a mi mamá y exploto en lágrimas, no puedo dejar de llorar. Quiero saber porque estuve horas parada en un pasillo. ¿Porqué me dejaron aquí y se fueron? ¿Porqué estoy sola? Quiero saber que le pasó a mi papá. Quiero saber a donde se fue Beto. Estabamos juntos en el asiento de atrás. Mamá, y tu, ¿ a donde te fuiste? Venías platicando con mi papá mientras manejaba. ¿Mamá? ¿Mamá? ¡Ésta no es mi mamá! ¿Quién eres tú? ¿En dónde está mi mamá? No me puedo contener más y lloro sin control. La mujer que entró en el cuarto me toma de los hombros y me dice: “Si no te callas, te voy a poner un pin.” Es una enfermera alta. Tiene cara de enojada, cachetes gordos, muy rojos y es fea. Con todo y mi dolor, alcanzo a darme cuenta que ella tiene bigotito. Dentro de todo el desconcierto y todas las cosas que giran tan rápido en mi cabeza, también me pregunto porque esta señora tiene bigotito si es mujer.

Se da la media vuelta y se va. Rápidamente dejo de llorar. No quiero que me pongan un pin. ¿Y si lloro en bajito? Estoy muy cansada. Siento como empiezo a poner resistencia para no quedarme dormida en la silla y de nuevo vienen imagines borrosas a mi cabeza. Hay un precipicio y un camión muy grande. Alguien está cargando a mi hermano. Trae su camisa café de manga corta. No puedo ver su cara. Contengo mis lagrimas una vez más. Unos señores nos traen hasta aquí. Lo unico que me dicen es: “Espera en el pasillo”. Mientras tanto, todos corren para un lado y para el otro. Hay doctores y gente que no conozco dándose instrucciones mutuamente. Todos están apurados y de pronto me quedo sola. No me gusta estar aqui. ¿Irá alguien a decirme que pasa? ¿Y si mis papas no vuelven? ¿Me tendré que quedar a vivir aquí? ¿Quién me va a cuidar? Le tengo que contar a Beto que alomejor nos vamos a tener que quedar aquí para siempre. Lo tengo que encontrar. Tal vez él sepa que pasa, ya es grande.

Alguien me despierta. ¿Cuánto tiempo he estado aquí? Siento mis ojos hinchados. Me los tallo y veo a mi abuela cargando un juguete enorme rojo y atrás de ella a mi abuelo. Siento un alivio enorme. Se agacha, me abraza muy fuerte y me dice: “Ya estamos aquí. Nos tardamos mucho en llegar pero ya estamos aquí. No te preocupes.”

Me da mi regalo pero yo no quiero soltarla a ella. Estoy tan cansada que ya no pienso en llorar.

-“Abuela, ¿donde está mi mamá? ¿Ya le limpiaron la sangre a mi papá? ¿A dónde se llevaron a Beto? Le tengo que decir algo.”

-“Están aquí en el hospital. Están bien. Vamos a verlos. Gracias a Dios no te pasó nada.”

Se levanta, me da la mano y me pregunta:

-“¿Con quién estuviste todo este tiempo?”

Volteo para arriba para encontrar sus ojos.

-“No me vayas a soltar, abuela. Porfavor me vayas a soltar.”

………………………………………………………………..

Los detalles de la historia los sé por mis papás. Un camión venía en sentido contrario en la curva y nos chocó de frente. Todos los integrantes de mi familia salieron heridos seriamente excepto yo. No tenía ningún rasguño en el cuerpo. Mi herida fue de otro tipo.

Seguro iba dormida o borré de mi memoria el impacto. Vi por la ventana mucho movimiento afuera de la camioneta. Alguien cargaba a mi hermano de los brazos y de los pies. Vi a mi papá con la cara llena de sangre.  No me acuerdo haber visto a dónde se fue mi mamá. Su lugar en la camioneta estaba vacío. La buscaba pero no la veía. Todos se movían muy rápido. Todos tenían prisa.

Viajábamos al velorio de mi bisabuela en Culiacán. Ibamos en un trayecto de la carretera que le llaman el “Espinazo del Diablo” en la sierra de Durango. Ese tramo tenía fama de ser muy peligroso. Aquella tarde eso nos quedó tan claro, que ahora al pensar en el nombre, se me ponen los pelos de punta.

Nos rescataron unos soldados. Eran del Ejército Mexicano haciendo sus labores de auxilio y se pararon a ayudar. Dijeron que iban en camino a atender un accidente en la carretera. . . Dios haciendo de las suyas. Yo no sé a quien iban a atender o a que accidente se referían. Evidentemente nadie les avisó del nuestro si acababa de pasar unos instantes antes.

Nos subieron en la pick-up de un buen samaritano que se paró a tendernos la mano. Mi papá y yo al frente en la cabina, mi mamá y mi hermano iban atrás, acostados en el piso de la caja. Tampoco recuerdo este trayecto, sólo la sangre que escurría por la barbilla de mi papá.

Llegamos a un hospital en Durango. Ahí se llevaron a los tres integrantes de mi familia a atender, cada quien por separado, en calidad de urgencia. Yo me quedé parada en un pasillo sin saber que hacer. Estaba asustada y todavía muy impresionada. Nadie me dijo nada. Supongo que los adultos de ese lugar asumieron que no había que hacerle aclaraciones a una niña. O tal vez no querían dar alguna explicación hasta tener buenas noticias. Me entró una angustia terrible. No sabía en donde estaba mi familia. Ni siquiera estaba segura en donde estaba yo. No entendía porque tardaban tanto. El tiempo pasaba muy despacio. Me preguntaba si mis papás sabían que era de mi. Sentí un abandono profundo. Mi tierna cabecita de 5 años no asimilaba que alguien, en algún lugar del hospital, les estaba salvando la vida.

Pasaron 7 horas sin saber nada de ellos, mismas que mis abuelos se tardaron en llegar de Monterrey a Durango. Siete horas son una eternidad para un niño, y aún así, la preocupación e incertidumbre se quedaron conmigo mucho más tiempo que eso.

Al ver a mis abuelos llegar sentí un alivio inexplicable. También recuerdo haberme preguntado qué hacían ellos ahí. Mi cabeza no conectaba porque aparecieron ellos y mis papás seguían perdidos.

Finalmente se quedaron conmigo todo el resto de la estancia y recuperación de mi familia.

Al escribir este recuerdo, pienso que probablemente por eso mis abuelos fueron, por el resto de mi vida, una pieza tan grande y tan importante en mi corazón.

Ellos fueron mis socorristas ese día. La heridas de mi familia las curaron los doctores. La mía, mi angustia, la empezaron a curar ellos cuando llegaron.

Salir ilesa del accidente era motivo de alegría, o eso me decía la gente…

-Tania Armenta