De mi taller de escritura aprendí la lección más valiosa de todas. No tuvo mucho que ver con técnicas. Hice la primera tarea mal por querer interpretar las instrucciones a juicio mío. La segunda tampoco fue exitosa pues me aferré a escribir a mi manera y sin arriesgarme.

No es que el maestro me fuera a poner tacha, aunque admito que hasta sentía una estrellita en la frente cuando la tarea era bien lograda.

La clave del taller fue otra. El maestro nos decía una y otra vez: “Lo primero que habrán de hacer es soltarse. Escriban sin detenerse, no lo piensen tanto. Hay que calentar la mano.”

Y es que, en verdad, escribir tiene un efecto mágico…

Organiza nuestra cabeza y nuestras ideas. Nos obliga a poner prioridades en nuestros pensamientos y fuera de ellos.

Aprendemos a confiar en nosotros mismos y en nuestras capacidades.

Nos sirve para identificar lo que es verdaderamente valioso. No se puede escribir sin tener claros los objetivos a alcanzar en el escrito y luego reflejado en nuestra vida.

Expresar ideas nos compromete con nuestro prójimo. Nos enseña a ser responsables de lo que se dice con nuestras líneas.

Escribir nos acerca a descubrir lo que en realidad queremos ser y hacer, nos hace reafirmar nuestras intenciones.

Cuando relatamos algo, somos capaces de examinarnos con toda sinceridad y determinar cómo nos sentimos. Nuestras palabras tocan al son de nuestros pensamientos.

Trazar reflexiones nos hace darnos cuenta de la importancia del hoy y del ahora, nos obliga a poner pausa a esta vida acelerada que nos empeñamos en vivir.

Escribir tiene la particularidad de hacernos escapar de la realidad cuando así lo deseamos, o bien, anclarnos a ella cuando nos sentimos perdidos.

Y lo más importante, sentarnos a escribir es la forma más certera de sentirnos iluminados. De la manera más sencilla nos encontramos solamente nosotros, nuestra pluma, y el director de la orquesta de nuestra vida llenando nuestra cabeza por completo.

-T.Armenta