No me gustan los perros. No me gusta como ladran. No me gusta como huelen. No me gustan las pipís y popós. No me interesa si se ven muy tiernos y no me agrada cuando quieren olfatear y lamer todo.

Como todo en esta vida que da vueltas y vueltas, acepté que Santa trajera una perrita hace 9 años. La insitencia era tanta, y mis ganas de ver la cara de las niñas, que me dejé llevar. Así llegó Maicy, nuestra Yorkie, en un trineo.

Desde entonces me he preguntado todos los días en que estaba pensando esa navidad.

Fast forward al presente. Estando en un centro comercial, las niñas nos pidieron meternos a la tienda de mascotas, como siempre. Nos pidieron comprar otro perrito, como siempre. Y yo me negué rotundamente, como siempre. Uno es suficiente; dos es de manicomio.

Terminamos comprando a Oliver, un chihuahua de pelo largo, de la manera más inesperada, como quien compra un helado de chocolate: “me da este, porfavor.” Casual. Salimos con perro, comida para cachorro, camita, cartilla de vacunación, collar, juguetes y por supuesto, con mi cara hasta el piso.

Son una verdadera lata. Tenemos una que ladra sin parar, sobretodo los sábados y domingos en la mañana, al alba, cual gallo en rancho. Y otro que se hace pipí en cada rincón de la casa y muerde muebles. Se pelean todo el día, no dejan dormir a nadie, rompen cosas y tiran todo. Parecen dos monstruos y no llegan ni a los 2 kilos cada uno.

Con todo y eso, hay algo muy importante que sería irresponsable de mi parte pasar de largo. Es muy simple: ningún niño en el mundo debe ser privado de tener su propio perro. Forman un vínculo tan particular, que si me aguanto, es por algo.

Que las niñas vivan de primera instancia el verdadero significado de la palabra lealtad, no tiene precio.

Tener una mascota que las ame incondicionalmente, que brinque de felicidad cada vez que llegan, que se acurruque a su lado mientras hacen la tarea, que las acompañe cuando se sientan enfermas, que las defienda del enemigo (ósea de mi cuando les levanto la voz), que se quede esperando en la puerta mientras se van al colegio es realmente conmovedor.

No es que su madre no las ame incondicionalmente. Lo que pasa es que yo, aparte de amarlas, también doy órdenes y no siempre les voy a poner una sonrisa cuando no me hacen caso ni voy a brincar de felicidad cuando me voltean los ojos. El perrito, en cambio, no le importa nada en este mundo más que demostrar cariño y querer recibirlo. Ellos no juzgan a su dueño, incluso cuando olvidan llenarle su platito en la mañana.

Ver a mis hijas hablarle a los perritos como si fueran bebés con cuchi cuchis, palabras inventadas y haciendo voz de abuelita primeriza es lo máximo. Se desarman completamente de toda la pose y compostura con la que actúan normalmente en la calle. Les sale el verdadero yo…. ese yo que probablemente no me tocaría ver si no tuvieran a quien hablarle así. Me impacta como cada vez que cruzan la puerta tratan a los perros como si todavía fueran novedad. Les da la mismísima emoción que sintieron el primer día.

Los niños con un perro nunca van a sentirse solos. Nunca se van a aburrir. Y lo mejor de todo: son capaces de soltar cualquier aparato con tal de corresponderle tanto amor al perro. Estoy segura que si les tienes que confiscar algo a manera de castigo, prefieren que les tires el celular al baño, pero del perro nunca nadie ha de separarlos.

Abrazar al perro les da mucha satisfacción. Les trae consuelo en momentos de tristeza y los hace sentir seguros. Nunca van a sentir miedo.

Un niño parte plaza a donde quiera que vaya con su perro. Juan Camaney es un tarado a su lado. ¿Quién no camina con la cabeza en alto sabiendo que trae consigo a quien le expresa todos los días lo importante, magnificente y todopoderoso que es? Es un ganar-ganar. El niño con el autoestima bien puesta y el perro enjundioso con su amo. La complicidad con su mascota es inquebrantable.

Sí, sí me aguanto. Sí es difícil pisar una popó en la oscuridad o encontrar mi zapato nuevo mordisqueado. Sí me pone de malas que mi tapete de la sala sea su baño favorito.

Pero es de esas cosas que hago por ellas. No es por darles todo lo que les plazca y las haga felices. Lo hago por dejarles la experiencia de vida de la cual saldrán mejores personas sin lugar a duda.

Los niños se vuelven responsables, empáticos y pacientes. Los adolescentes hasta se vuelven amables y sosiegos.

Los dueños de una mascota aprenden a planear las cosas, a ser tolerantes, a acomodarse a la voluntad de otro, a dominar la comunicación no verbal, a saber vivir en el momento, a ser agradecidos, a pensar en los demás, a cuidar de alguien, a no ser egocéntricos… en pocas palabras, a dar lo mejor de sí. Si todas estas herramientas no son perfectamente indispensables para enfrentar la vida, entonces no se cuales son.

Nada de esto lo entenderá quien no tenga o haya tenido una mascota. Yo las tengo. No por decisión propia, pero las tengo. Eso me da derecho a opinar y levantar la voz por todo aquel niño que pide un perrito de cumpleaños, de navidad, de premio o simplemente porque sí…. negarlo sería educarlos desde nuestra comodidad. Hay que incomodarse tantito (o muchito). Educar hijos nunca ha sido un paseo por el parque.

Si te lo piden, dales ese pedazo que les falta. No te vas a arrepentir y hasta te sorprenderás de ver a tus hijos con otros ojos. Derretirte al ver cómo ellos se derriten tan abierta y explícitamente es indescriptible.

Suerte.

-T.Armenta