Estamos en el colegio acomodando los libros que van abajo del escritorio. -“Agáchate”, me dice. “Tengo que contarte algo.”

La seriedad en sus ojos y la media sonrisa me ponen nerviosa y a la vez me provoca emoción. Sé de inmediato que no se trata de algún chisme ni de algo sin importancia.

Me hinco a su lado, ella acerca su cara a mi oído y baja la voz hasta que es casi imperceptible. Apenas puedo escucharla. Mientras habla, mis ojos se abren como canicas, me quedo sin aliento y tapo de inmediato mi boca con la mano. Me alejo un poco para verle la cara y solo asiente con la cabeza con aquel aplomo de quien se sabe segura de lo que dice. Enseguida quito la cara de sorpresa para no llamar la atención y pregunto el origen de sus declaraciones.

Ahora si no me cabe duda de la veracidad de lo dicho. Estas personas poseen toda la verdad. Si ellas dijeran que el cielo es verde, yo lo creo sin dudar ni un segundo.

Digiero la noticia, saco conclusiones y me sonrio a mi misma. La maestra nos pide a todos orden y vuelvo a mi escritorio viendo a todos mis compañeros con ojos de lastima. Pobres de ellos y pobre del resto de la humanidad que no se ha enterado. Ella y yo somos las únicas poseedoras de la verdad absoluta en el salón. La gente mayor sabe esas cosas. Nosotras dos, apenas unas niñas, somos la excepción a esa regla.

Suena la campana y salimos a recreo. Mi cabeza da vueltas y vueltas. Pienso en preguntarle a mi mamá pero decido que me da pena. Quiero confirmar con algún adulto pero no me atrevo. Aparte, que pensarían de mi, tan pequeña y ya tan sabia.

Pasan los días, y me contengo para platicarle a alguien más sobre el descubrimiento. Llegan las vacaciones y de golpe me pongo nerviosa otravez. Se me hace eterno esperar el día más importante de año.

Cuando llega, no corro como siempre hacia el pino. Camino más despacio para analizar cada movimiento y gesto de mis papás. Ellos no saben que yo sé y prefiero dejarlo así. Se ven tan felices con ojos ilusionados. Y pensar que todos estos años ellos veían nuestras caras de emoción y ahora me toca a mi ver la de ellos. Abro mis regalos. Uno a uno veo como pensaron en cada detalle y eso me hace sonreír y sentir tan querida. Me conocen mejor que yo. Me paro y sin decir una palabra les doy las gracias con un abrazo apretado. Ya habrá tiempo de hablar el año que entra…

-T.Armenta