Mamá:

Tengo que confesarte algo. Ya sé que hoy lo que aplica es el beso, el abrazo, y los festejos. Me voy a permitir darte, primero que nada, el regalo de mi sinceridad.

Incluso tengo que admitir ciertos detalles y ser honesta contigo. Ha habido veces, a lo largo de mis 44 años, que las cosas que he pensado sobre tí no han sido del todo buenas.

He ido a los extremos y pensar cosas como: Que tonta es mi mamá, que no se enoja ni hace valer su palabra. Debería de demostrar a como de lugar cuando ella tiene la razón y sacar las uñas si es necesario. Si yo fuera ella, sería más lista.

Otras veces he pensado: Que ilusa es mi mamá, que se cree todo lo que le dicen, que cree que todo es color de rosa y que no ve una víbora venenosa aunque la tenga enfrente de su nariz. Si yo fuera ella, estaría más alerta.

Incluso hay veces que me he dicho: que bárbara mi mamá que se deja de todos. Se desvive por los demás y no se da cuenta que la gente no lo valora. Siempre haciendo mil favores y dice que no necesita ayuda. Siempre se hace la que no está cansada. Si yo fuera ella, pondría un “hasta aquí”.

Evidentemente, no estaba viendo el cuadro completo, el bien mayor al que tú te has dedicado a hacer. No veía el beneficio a largo plazo de tus acciones. Y como toda hija que se cree poseedora de la verdad absoluta, no me daba cuenta que tú sabías perfectamente lo que hacías.

Para seguir siendo sincera contigo en este escrito, yo también quiero quedarme callada aunque me duela o sepa que tengo la razón. Eso es lo que va a traer el bienestar y la paz en mi familia. Querer ganar todas la batallas desgasta relaciones.

Quiero aprender a pensar que la vida es color de rosa y no convertir cada piedrita que se me atraviesa en el camino en un problemón. Todo lo malo también tiene su lado bueno aunque a veces no se vea tan claro. Me voy a poner los lentes rosas y enseñarle a los míos como usarlos también.

Quiero saber lo que se siente servir a los demás en cualquier situación, bajo cualquier circunstancia y sin pretender aplausos ni reconocimiento. No me quiero limitar a hacerlo cuando se me acomoda o cuando me den las gracias. Tu bien sabías desde un principio que servir a los demás es servir a Dios.

La tonta, ilusa e incrédula he sido yo. Gracias mamá, porque seguramente tú también tienes tus pesares, como cualquier ser humano, y yo nunca me dí cuenta. Siempre con tu sonrisa me enseñaste con tu ejemplo que volcarte sobre ellos es perderte de lo hermoso que que la vida puede ser si uno quiere. Eso es ser una gran mujer. Eso es ser inteligente y de un corazón enorme.

Tengo tantísimo que aprenderte todavía y a la vez siento que se me acaba el tiempo cada vez que veo a mis hijas más grandes e independientes. Ojalá y esté haciendo algo bien aunque de momento a veces ellas puedan creer que soy una bruja.

Gracias por todo, mamá. Sigues y seguirás siendo mi primer “gracias” todas la mañanas. Te quiero mucho.

Tania