Llego con el corazón cargado. Hago la tradicional fila. Por fin toca mi turno y me encuentro con él cara a cara. Así no me gusta a mí, pero ni modo de regresarme. Volver a agarrar el valor me cuesta más trabajo que otra cosa.

Doblo la rodilla todavía pensando si quiero irme a otro lado en donde el anonimato haga menos duro el procedimiento. Doblo la otra y bajo la mirada tratando de no toparme con la suya. Empiezo a sacar todas las piedras de mi costal. Unas son más pesadas que otras, o eso me parece a mí. Volteo de reojo porque siento como me jala la mirada y lo veo con un semblante sereno. Tiene cara de niño, pienso para mis adentros. ¿Qué edad tendrá? Vuelvo a bajar los ojos .

Me pregunta: “¿Es todo?”

Cada vez que escucho esta pregunta, pienso: como si mis piedras fueran simple grava… y el trabajal que me costó traerlas hasta acá.

Aceptar culpas es difícil para el ser humano. Siempre encontraremos la escusa perfecta para voltearle la cara a nuestra consciencia. Arrepentirse y decirlo en voz alta, no es para cualquiera. Hay que ser muy valiente.

Contesto: “Sí, es todo.”

Me pregunta: “¿Tienes amigas?

-“¿Qué?” Ahora sí no hay duda. Sí es un niño y está confundido. Esta vez lo miro de frente tratando de descifrar que espera de mí.

-“Nómbrame a 5 amigas.”

Decido jugar su juego.

-“Mmmmm… ok. Tal, tal, tal, tal y tal.”

-“Cada cuándo las ves?

-“Pues como mínimo una vez a la semana.”

-“¿Qué haces con ellas?”

-“Pues no sé… ir a desayunar o cenar o simplemte platicar.”

Empiezo a perder la paciencia.

-“¿Por qué las frecuentas? ¿Las quieres?

-“Pues claro. Son mis amigas.”

Y aquí es donde viene lo bueno.

-“Ahora imagina a un joven cenando con sus amigos una noche antes de morir.”

Contengo el aire.

-“¿Faltarias a esa cena?”

Agacho la cabeza y lo lamento verdaderamente. Aceptando mi falta, respondo en voz baja.

-“No.”

No me dí cuenta pero lo que hizo fue tomar mi piedra más pesada y enseñármela. Yo hubiera pensado en otras, pero él tomó esa. Que manera tan básica y sencilla de poner en palabras aquel acontecimiento al que sí falté.

Sabio el “niño” que lo puso tan simple. De ingenuo no tenia nada. Salí dándole las gracias y mirándolo a los ojos. Hasta la próxima.

Me paro lentamente y me prometo, como siempre, traer menos piedras… o por lo menos, no tan pesadas.

-T.Armenta