Gracias a mi papá, sé de música clásica y reconozco a casi cada compositor.

Gracias a él, heredé mi gusto por la lectura. Aprendí de primera mano quien es Víctor Hugo, Rudyard Kipling, Dostoyevski…

Sé de barcos camaroneros, sé nombrar todas sus partes y cómo funcionan. Y lo más importante, gracias a él, los mariscos tienen un lugar especial en mi corazón.

Gracias a él, sé de medicina, de ciencia, del cosmos, de ingeniería. Mi papá es un poco de todo.

Gracias a él sé como comer escargots desde los 5 años de edad y sé nombrar y acomodar cada pieza de cuchillería en la mesa, incluyendo la pinza y tenedor trinchador.

Gracias a mi papá, mis science proyects eran los más elaborados y mis posters de cada book report tenían los mejores dibujos.

Mi papá me ayudó, sin saber la importancia que tendría en mi vida, a escribir mi primer gran obra llamada “El Almirante”. Tenía 10 años. El no estaba enterado pero el protagonista y héroe de la historia era un personaje basado en él.

Gracias a él, sé usar mi cabeza.

Gracias a mi papá, aprendí sobre la complicidad cuando escapábamos al Shakey’s como prófugos de la ley.

Aprendí sobre la carcajadas del alma arriba de su panza jugando al Ricky-Ran.

Me dí cuenta que no solo le daba limosna al viejito sentado en el piso a la entrada del Sanborn’s, también le regalaba algún chiste que lo hiciera reír.

Aprendí a verle el lado humano a las cosas. Me enseñó, y seguramente fue una labor titánica, a realmente ver con el corazón y no con los ojos.

Pero lo más importante de todo y la razón de esta carta que te escribí, es que gracias a ti, aprendí a tener una relación más cercana a Dios. Gracias, papá, porque sin esa certeza y confianza en Él, mi vida no tendría sentido.

Te quiero mucho.

-T.Armenta