Primero pensé que era por la paz que siento al no andar corriendo por la ciudad con horarios apretados y compromisos sin fin.

Pero, ya con tantos días de confinamiento, me di cuenta que esa paz es efímera…

Empezaré desde el principio porque siendo muy sincera, se podría decir que mi fe es novedad.

Nací, crecí y viví católica toda mi vida. Yo no lo escogí. Así lo decidieron por mí. De niña no me pregunté si era correcto o si era verdad. Simplemente lo acaté como el resto de los lineamientos en mi casa. No fui a un colegio católico. Siento que de pequeña tuve ciertas lagunas que decidí aclarar más tarde, pero nunca me cansaré de dar gracias a mis padres por disponer esa creencia dentro de mi.

Dios siempre ha sido el centro de mi vida. Fue cuando llegué a la adolescencia, que empecé a notar como muchos de mis contemporáneos se empezaban a hacer preguntas y hasta parecía que querían convencer al mundo de la ridiculez de la religión, sobretodo la de ésta.

No quería alejarme de mi fe escuchándolos. Me retiré de algunos y seguí en lo mío. Pasaron todavía varios años. Y aunque hacía y cumplía con todo lo que un buen católico hace, me faltaban muchas cosas por averiguar y entender. Empecé a sentir hambre. No sabía por donde empezar por lo que pensé que ir a misa todos los días llenaría ese hueco. La parroquia de San Francisco me quedaba muy cerca. Y lo que pasó es que comencé a confundirme más. No me confundí en el sentido de cuestionarme cosas. Más bien, me confundí porque las lecturas iban y venían sin un orden específico, porque los evangelios me parecían escogidos al azar y a veces no lograba conectar los puntos de la historia. Había tantísimos personajes que yo todavía no conocía. No lograba hilar quien era hijo de quien o hermano de quien. No se diga tantos tocayos…

Tampoco quedaba claro en mi cabeza un mapa visual del área en donde todos estos acontecimientos se llevaban a cabo. Quería saber a donde iban y venían tanto. ¿Que tan lejos o cerca estaban los lugares?

Lo más grave es que mi mente empezaba a divagar en misa. Me ponía a alanizar la estructura de la iglesia. Estaba en los primeros semestres de arquitectura y me preguntaba cómo un losa tan grande se sostenía sin columnas atravesadas en algún lado. Me fijaba como a alguien se le había ocurrido poner luminarias en la cruz colgada del techo para alumbrar el altar. También me parecía que el altar redondo era menos solemne para efectos de la consagración pero más adecuado para el resto de la estructura circular de la iglesia. En fin… mucha misa diaria pero mi mente estaba en todos lados menos ahí.

Hice lo que tenía que hacer. Estudiar un poco para darle orden a la cronología y personajes de la historia. No solo tomando la biblia de la casa, porque para ser sincera, hasta esa necesita explicación. Comencé a hacer preguntas a la gente que sabía. Al principio me daba pena no conocer cosas que debían haber sido obvias para mí.

Empecé a hacer la religión mía, no algo que me enseñaron a hacer de niña. Esta vez yo reafirmé ser católica por convicción propia. Estaba más convencida que nunca. Es cuando realmente empecé a fortalecer mi interior. El hambre que sentía empezó a saciarse.

Los sacramentos habían tenido (y siguen teniendo) siempre un gran impacto en mi. Sobretodo, la presencia de Jesús en la Eucaristía. Me ha movido el corazón desde pequeña. Siempre atenta a la hora de la consagración y viendo de frente lo que sucedía. Hay quien inclina la cabeza, yo no me quería perder de nada.

Ahora entre adultos, a la gente le da más por querer meter la razón volteándose para otro lado y tachando los milagros, como ese, de imposibles. Pienso que entre más pasan los años, más valor se requiere para mantener esa fe. Doblar la rodilla con la cabeza agachada aceptando su grandeza con humildad es definitivamente para valientes. Dejar de ser el centro de nuestro universo también es para valientes.

Mi experiencia anteriormente había sido resolver mis problemas usando todos los recursos que tenía a mi disposición. Pensaba que Dios me dio una cabeza para usarla y trataba de arreglar todo a mi manera, a mis tiempos y como yo sentía que era correcto. Claro que avanzaba, pero nadamas hasta cierto punto.

Es solo cuando aprendí a abandonarme que me percaté que la paz de la buena, la de verdad, la que yo deseaba, estaba ahí.

La paz efímera y barata la he sentido muchas veces… pero la paz que deja estabilidad, solamente la encontré abandonándome.

Empecé a notarlo en todo en mi vida. Me dejé llevar. Claro que no fue fácil. Ya lo había escuchado mil veces: “abandónate”. ¿Cómo se supone que me abandono? Se me figuraba como dejar las cosas al azar. Traía las riendas encarnadas en mis manos. Pasárselas a alguien más era cómo soltar el control. Obvio, no había entendido nada. Por eso el papel de María es tan importante, ella es la vía más directa a Él. De la mano de alguien que sabe el camino, es más fácil llegar.

Hoy más que nunca, en estos días de cuarentena, agradezco que hace tiempo decidí dedicar tiempo a crecer espiritualmente. Le daba siempre tiempo a miles de cosas “importantes” pero no a la verdadera prioridad que me mantiene parada hoy en día, incluso en el confinamiento y la incertidumbre de lo que depara el futuro.

Ojalá este mensaje llegue a alguien que tiene intenciones pero, que como yo en el pasado, no sabe cómo. No desistas. Busca, busca y busca. Pero lo importante de todo, no es que encuentres, sino que te dejes encontrar.

Solamente ahí está la paz de la buena.

-T.Armenta